Por: María Fernanda Medrano

Sin saber muy bien qué es lo que se quiere, los seres humanos llegamos a la vida, preparados para todo, pero, al mismo tiempo, sin saber cómo hacerlo. Pasamos nuestras vidas intentando encajar en un esquema y perdemos el rumbo de aquellas cosas que queremos de verdad y que son las que realmente nos hacen felices. De alguna forma, nosotros mismos, hemos logrado, desde el inicio de nuestra historia, borrar la verdadera esencia del hombre y la hemos convertido en una maquina que solo sirve para producir dinero. Ha habido, en la larga trayectoria del universo, varios seres capaces de librarse de esa maldición y convertir sus vidas en una inspiración, personajes que hoy en día admiramos terriblemente y que resuenan en cada esquina del mundo. Personajes en todas las áreas del conocimiento, poetas, pintores, científicos, políticos; seres que se encargaron de dejar un legado para aquellos que vendríamos después y sin quienes, seguramente, hoy no tendríamos un presente. ¿Pero qué hemos hecho de ese presente? ¿Cómo convertimos nuestras capacidades en un instrumento mediocre de felicidad? Porque la realidad es que el promedio general del hombre no es feliz. No conoce siquiera el significado real de la palabra. Porque nos dejamos llevar por un afán de crear nuevas cosas y producir, producir para vivir. Qué tan fantástico sería regresar a aquellas épocas donde tan poco se necesitaba para vivir que era posible compartir tiempo con la familia y dedicarse a ser feliz. No digo que no sea posible el hacerlo ahora, aprovechando las facilidades y comodidades de la modernidad, pero sí digo que hemos dejado atrás la verdadera esencia de ser hombre.

Hemos terminado por entrar en un mundo laboral que a la mayoría no hace feliz. Siempre recuerdo la enseñanza más grande que me ha trasmitido mi padre, “vive la vida con una pasión”; recalcó muchas veces la importancia de creer en algo y de vivir la vida de acuerdo a esa creencia y a esa pasión, algo que haga “hervir tu sangre”, son pocos los seres que logran vivir la vida bajo esa premisa, y aún menos los que logran vivir de una pasión. Terminamos por entrar a trabajos que no nos hacen completamente felices, por la necesidad de sobrevivir.

A menudo me pregunto qué tan diferente sería el mundo si lográramos todos vivir nuestras vidas haciendo lo que realmente nos hace felices, y no solo me refiero a nivel de felicidad interna, hablo también en términos de productividad, porque es claro que el hombre que trabaja en algo que lo apasiona lo hace con mayor creatividad, compromiso y libertad, que uno que trabaja en algo que no le es ni remotamente agradable.

Mi padre también solía decirme que escogiera un oficio, el de mi total predilección, y que me esforzara por ser la mejor en éste, “si quieres hacer arepas, hazlo, pero asegúrate de que sean las mejores arepas del mundo” y esta frase me retumba en la cabeza todos los días, cuando veo que aún no me es posible vivir (económicamente hablando) de las letras. Pero creo firmemente que hay que seguir creyendo que eso es posible, que si continuo estudiando y trabajando diariamente lograré “vender las mejores arepas”.

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